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Conflicto en La Guajira: La lucha de la comunidad wayuu por su territorio
Cuando se enciende una luz en los hogares colombianos, pocos piensan que esa electricidad proviene de un territorio en conflicto. En La Guajira, un desierto costero en el extremo norte de Colombia, la propuesta de transformar la región en un parque de torres eólicas ha generado divisiones entre los wayuu, su pueblo indígena. El cortometraje La casa del viento, dirigido por la cineasta wayuu Marbel Vanegas Jusayu, se presenta en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) del 14 al 19 de abril, y aborda cómo un debate ambiental se ha convertido en un tema de discusión familiar. La comunidad está dividida entre quienes apoyan la llegada de inversiones y quienes defienden la preservación de su territorio.
Durante una entrevista, Vanegas relata su frustración con una compañía interesada en el proyecto: “Al principio, pregunté si al menos nos ofrecerían electricidad, y la respuesta fue clara: ‘No, la luz se va para Medellín.’” Su insistencia sobre la falta de acceso a recursos básicos como la electricidad y el agua resalta la desconexión entre el desarrollo propuesto y las necesidades de la comunidad.
Resistencia en el desierto
Bajo la administración de Gustavo Petro, el Gobierno de Colombia ha puesto la mirada en La Guajira como un potencial generador de energía no solo para el país, sino también para Venezuela. No obstante, los wayuu continúan defendiendo su hogar. “¡Qué mayor acto de resistencia que estar en el desierto!”, afirma Vanegas. La comunidad de Apotnojushi, ubicada en la Serranía de Jalala, ha frenado la propuesta de un parque eólico, avanzando en su lucha por preservar su identidad y territorio.
La historia de La Guajira está marcada por la presencia de grandes empresas extractivas que han generado conflictos. En un cortometraje anterior titulado Aquel 4 de noviembre, Vanegas documenta el desplazamiento forzado de sus abuelos debido a la explotación de la mina del Cerrejón, una de las mayores reservas de carbón del mundo. Aunque ahora el foco se dirige hacia energías renovables, la historia de explotación continúa, esta vez enfocada en el viento.
Un enfoque narrativo en el cine indígena
Vanegas destaca la importancia de la memoria familiar en su obra. Su cortometraje busca no solo contar una historia de resistencia, sino también preservar la cultura wayuu. Este enfoque es parte de una tendencia mayor en el cine indígena, que se aleja de la mera denuncia y busca narrativas que resalten la cotidianidad de estas comunidades. Amalia Córdova, curadora de la sección de cine indígena del FICCI, afirma que “si bien se mantiene el tema de inequidad, se está trabajando en formas narrativas más humanas”.
Cada comunidad ha empezado a definir su estilo cinematográfico único. La diversidad cultural se traduce en cinematografías específicas, como el cine wayuu y el cine mapuche. Este enfoque regional permite una mejor comprensión de las dinámicas de cada grupo. El cine guaraní, por ejemplo, se centra en la experiencia del desplazamiento y reconoce la lengua como un elemento fundamental de identidad.
El auge del formato de streaming ha permitido que producciones en lenguas indígenas tengan una mayor difusión. Ansgar Vogt, director artístico del FICCI, sostiene que el uso de lenguas originarias se ha convertido en una declaración cultural y política, resaltando la importancia del idioma en las producciones presentadas en el festival.
Cine y colaboración comunitaria
El FICCI, que se celebró por primera vez en 1969, ha visto un incremento en la inclusión de temáticas indígenas en sus últimas ediciones, siendo 2020 el año en que se formalizó la sección de cine indígena. En este contexto, el documental El valor de la palabra, de Marta Restrepo, explora el impacto del asesinato de líderes arhuacos en la Sierra Nevada de Santa Marta.
La colaboración entre cineastas y comunidades se ha vuelto esencial en el desarrollo del cine indígena. Aunque no siempre quien dirige pertenece a la comunidad, el trabajo conjunto es fundamental. En el caso de Vanegas, su conexión familiar y el uso del wayuunaiki, su lengua materna, la llevan a crear una obra que refleja la voz de su comunidad. Ella subraya que “los mejores actores son los wayuu”, haciendo que todos los miembros del reparto compartan el apellido Jusayu. Su objetivo es transmitir a las futuras generaciones la esencia de su hogar y la importancia de la reciprocidad con la naturaleza.
