Comparto con mi hermano-primo Javier una conexión única: casi el mismo día de nacimiento, las iniciales de nuestros nombres invertidas y apellidos que se entrelazan. En medio de la festividad vibrante del Mundial México ’70, las pequeñas competencias entre nosotros, López Hernández y Hernández López, se convirtieron en leyendas. La gloria llegó el día en que decidimos pintar nuestra propia cancha sobre la mitad de la cochera de la casa de nuestros abuelos.
En ese ambiente, recordamos a Marica, nuestra abuela con una trenza hasta la cintura, que no solo llenaba de sabor el hogar con su impresionante sazón, incluso para las tortillas con sal de grano. Su distintiva manera de vestirse, con zapatos blancos utilizados en domingos, marcaba un estilo único. Un día, en un momento casi mágico, Javier y yo descubrimos una botellita de betún blanco con tapa de esponjita. Este fue el instante que cambiaría para siempre nuestra historia en el fútbol.
A medida que las emociones del Mundial se desataban en el país, nuestra pequeña cancha se llenó de sueños e ilusiones. Cada juego que jugábamos no solo era una competencia, sino también un homenaje a la pasión que despierta este deporte. Así se forjaron recuerdos imborrables que nos acompañarán toda la vida, sopesando los momentos de alegría, camaradería y la esencia misma del fútbol asociación.
La influencia de aquellos días se siente aún hoy, recordándonos que el fútbol va más allá del simple juego; es una celebración de la familia y las tradiciones que nos unen.
