La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, ha hecho un llamado a «países sísmicos» como Chile, Perú y Japón para que envíen expertos destinados a evaluar los daños provocados por el doble terremoto ocurrido el 24 de junio, de magnitudes 7.2 y 7.5. En sus declaraciones, la mandataria expresó: «Ya hemos contactado a los gobiernos para tener aquí a especialistas que nos permitan ver qué estructuras requieren ajustes».
Los efectos de estos terremotos han sido devastadores: se han reportado 4.561 fallecimientos, más de 16.700 heridos y cerca de 17.907 personas han quedado sin vivienda. La mayor parte de los daños se ha concentrado en el Estado de La Guaira, donde un equipo de rescatistas chilenos ha trabajado hasta el 4 de julio. Entre sus logros destaca el rescate de Hernán Gil, un guardia que permaneció bajo los escombros durante ocho días.
Además del rescate, la situación ha presentado a Caracas la oportunidad de capitalizar la experiencia sísmica de Santiago. El canciller del Gobierno de José Antonio Kast, Francisco Pérez Mackenna, subrayó que el envío expeditivo de socorristas podría facilitar la creación de «afectos y vínculos» entre ambos países, que han mantenido relaciones diplomáticas interrumpidas desde agosto de 2024. «El terremoto en Venezuela es una oportunidad para ser solidarios con Venezuela y esa es la prioridad que hemos tenido», comentó Pérez Mackenna en una entrevista.
Chile es conocido por ser uno de los países con la mayor concentración de eventos sísmicos en el mundo. En su historia, seis de sus terremotos figuran entre los 25 más potentes registrados, según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). Entre ellos destaca el inigualable terremoto de Valdivia de 1960, con una magnitud de 9,5, el más fuerte jamás registrado.
El último gran sismo, ocurrido el 27 de febrero de 2010, tuvo una magnitud de 8,8 y resultó en 525 muertos, la mayoría a causa del tsunami posterior. Su impacto contrasta con el doble terremoto de Venezuela, que ha dejado más de 190 edificios derrumbados, según cifras del gobierno local. Expertos coinciden en que la diferencia en los resultados no se debe a la naturaleza de los fenómenos sísmicos, sino a casi un siglo de normativas y regulaciones de construcción efectivas en Chile.
La Cultura Sísmica de Chile
La cultura sísmica está integrada en el ADN de Chile. Su ubicación en el Cinturón de Fuego del Pacífico, donde la placa de Nazca se hunde bajo la placa sudamericana, genera una fricción constante que resulta en frecuentes terremotos. Desde inicios del siglo XX, las construcciones en Chile han comenzado a adaptarse a sistemas diseñados para resistir temblores, aunque fue tras el terremoto de Talca en 1928 que se promulgó una ley específica.
Sin embargo, el verdadero cambio se produjo tras el terremoto de Chillán en 1939, que dejó 24.000 muertos. Esta tragedia reveló las fallas del método estático para calcular la resistencia de los edificios y forzó la adopción del método dinámico, sentando las bases para la creación de la primera norma técnica moderna en 1972, la NCh433. Esta norma ha sido actualizada tras cada terremoto significativo, siendo la versión más reciente publicada este año. Un cambio crucial ha sido la inclusión de la madera masiva como material estructural aceptado para edificios altos.
Para el académico Rubén Boroschek, del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Chile, la clave del éxito chileno radica en el tipo de edificaciones: se priorizan los muros de hormigón armado sobre los sistemas de vigas y columnas. «Nuestros edificios están llenos de muros resistentes a sismos», señala, enfatizando que estos muros podrían permanecer en pie incluso si se cortara la base. Esta estrategia contrasta con la de otros países donde predominan sistemas más vulnerables al colapso.
Regulaciones e Institucionalidad en Chile
Otra de las fortalezas de Chile es su robusto marco institucional. Desde hace décadas, la legislación exige que todo edificio de más de cuatro pisos cuente con un revisor sísmico independiente que garantice el cumplimiento de las normativas antes de iniciar la construcción. Este control, junto a constructoras que respetan la norma y usuarios que no modifican la estructura sin estudios técnicos, resulta clave para la seguridad estructural.
La mayoría de los grandes terremotos chilenos se producen en zonas de subducción lejos de áreas pobladas, lo que atenúa el movimiento sísmico que sienten los ciudadanos. En contraste, las fallas corticales que afectaron a Venezuela se encuentran más cerca de la población, exacerbando los daños.
El terremoto de 2010 se ha convertido en un referente para medir la eficacia del sistema de construcción chileno. Durante ese sismo, colapsó un único edificio: el Alto Río en Concepción, lo que resultó en ocho muertes. Aunque el catastro posterior identificó varios edificios dañados, la gran mayoría soportó el temblor, lo que demuestra la eficacia de las normativas aplicadas. Las lecciones aprendidas han llevado a ajustes en las normativas para asegurar que se esté mejor preparado ante futuros sismos.
