En América Latina y el Caribe, aproximadamente 500 idiomas están en peligro de extinción. Aquellos que los hablan sostienen que, al perder su lengua, el mundo también se empobrece, ya que cada idioma encierra una forma única de describir el entorno, los olores, las emociones y los hábitos. Sin embargo, en esta región, que es la más biodiversa del planeta, la diversidad biológica también está disminuyendo. Desde 1948, han desaparecido 53 especies endémicas del Caribe, 30 de Mesoamérica y 32 de Sudamérica. Solo en el último año, se extinguieron tres especies: el ave Bermuteo avivorus, un diminuto crustáceo llamado Mastigodiaptomus galapagoensis —vistos por última vez en las Islas Galápagos— y la planta Eugenia acutissima, endémica de Cuba, que no ha sido localizable desde 1980.
Pérdidas y vulnerabilidad de los ecosistemas
La diversidad de la región también la hace más susceptible a fenómenos como el cambio climático. Según Gabriel Quijandría, director regional de la UICN para América del Sur, el calentamiento global es una de las principales amenazas para la extinción de especies, ya que altera los ciclos ecológicos, la reproducción y la disponibilidad de alimento. Sin embargo, los factores que contribuyen a esta crisis son multifacéticos: la pérdida y degradación de hábitats, la caza y el comercio ilegal de flora y fauna, la deforestación, la introducción de especies no nativas y la falta de gobernanza efectiva. El riesgo de colapso ecosistémico aumenta sin mecanismos de regulación sólidos.
Ejemplos de especies en peligro
La extinción de especies es un fenómeno alarmante. Ejemplos como la chinchilla Lagostomus crassus, avistada por última vez en 1910, y la tortuga gigante de Floreana (Chelonoidis niger), una especie originaria de las Galápagos, evidencian esta problemática. También la rana venenosa espléndida (Oophaga speciosa), un anfibio rojo del oeste de Panamá, y el pez Evarra tlahuacensis, que habitaba el lago de Chalco en el Valle de México, han desaparecido, dejando un vacío en sus respectivos ecosistemas.
El papel de la comunidad en la conservación
Mariella Superina, especialista en Biología de la Conservación y miembro de la Comisión de Supervivencia de Especies de la UICN, enfatiza la necesidad de que toda la sociedad participe en la conservación del entorno. “No se puede depender únicamente de la academia; se requieren esfuerzos multidisciplinarios y el apoyo del gobierno en términos de legislación e implementación”, resalta. Lamenta que muchas veces la conservación dependa de cuán carismática sea una especie, lo que impide el financiamiento para la protección de aquellas menos populares.
La urgencia de la acción global
A nivel mundial, hay 48,600 especies amenazadas, lo que representa el 28% de todas las evaluadas. Existe el temor de que muchas de estas, incluidos animales, hongos y plantas, se extingan sin haber sido estudiadas. “La situación es crítica; en Centroamérica, los anfibios han disminuido significativamente, y el 44% de los corales en el mundo se encuentra en riesgo”, explica Superina.
Impacto cultural de la extinción
La pérdida de una especie puede afectar también las tradiciones culturales. Un estudio global reciente reveló que la desaparición de especies pone en peligro las danzas y rituales de varias comunidades indígenas. Según Yolanda López Maldonado, doctora en Ciencias de la Naturaleza, la extinción de aves como el alcaraván puede llevar a la desaparición de aspectos importantes de la cultura local.
Esperanza en la conservación
A pesar de los desafíos, tanto Quijandría como Superina destacan ejemplos de éxito en la conservación. La vicuña (Lama vicugna), que estuvo al borde de la extinción en los años 70, ha visto una recuperación gracias a estrategias de manejo sostenible. Otros casos exitosos incluyen el oso andino de Venezuela y la tortuga verde de Brasil. “Es crucial reconocer que es posible revertir la situación; la gestión adecuada de áreas protegidas se ha demostrado eficaz para mejorar la riqueza de especies”, concluye Quijandría.
