Washington se vio sorprendido cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó un ataque conjunto con Israel contra Irán. Este movimiento tenía como objetivo forzar un «cambio de régimen» enTeherán, lo que nuevamente involucró a Estados Unidos en un conflicto militar sin el permiso del Congreso ni el apoyo de la opinión pública.
El ataque no fue un evento aislado. En junio, el ejército estadounidense ya había bombardeado tres instalaciones relacionadas con el programa nuclear iraní, y en enero, había capturado al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Caracas. A pesar de haber prometido durante su campaña electoral poner fin a las aventuras bélicas en el extranjero, parece que Trump ha cambiado de rumbo, apenas semanas después de presentar la Junta de la Paz, una iniciativa que reunió a 27 países con el objetivo de resolver conflictos.
La noticia del último ataque sorprendió a la mayoría de los miembros del Congreso, que dormían al momento de la ofensiva. Sin embargo, se informó que el secretario de Estado contactó al presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y otros líderes de ambos partidos para informarles sobre el ataque inminente.
El representante Thomas Massie, un republican dissidente de Kentucky, fue uno de los primeros en reaccionar, criticando la operación militar, denominada Furia Épica. Massie es parte de un grupo de legisladores que intentaron forzar una votación en la Cámara de Representantes para prohibir a Trump realizar ataques sin consultar al Congreso. Por su parte, el senador demócrata Tim Kaine instó a sus colegas a reunirse para votar una propuesta que bloquease el uso del ejército estadounidense contra Irán, argumentando que la ofensiva era “peligrosa, innecesaria y estúpida”.
Apoyo y Críticas en el Congreso
Lindsey Graham, congresista cercano a Trump, mostró su apoyo a la operación, expresando en su cuenta de X que bendecía la planificación y ejecución de Furia Épica, que, según él, haría de Estados Unidos un país más seguro y próspero. Graham calificó la operación como bien planificada y necesaria, subrayando la necesidad de derrocar al régimen de los ayatolás en Irán.
El presidente, que pasaba el sábado en su residencia de Mar-a-Lago en Florida, desaprovechó la oportunidad de detallar su justificación para la nueva aventura bélica durante su discurso sobre el estado de la Unión. Aunque habló por 147 minutos en un evento de gran visibilidad, solo dedicó tres minutos a la situación en Irán, a pesar de que el ejército había logrado reunir el mayor número de tropas en la región desde la invasión de Irak en 2003.
La falta de claridad sobre el objetivo de la operación fue objeto de críticas. El analista internacional Fareed Zakaria señaló la alarmante ausencia de explicaciones por parte de Trump en su discurso. Cuando Trump finalmente compartió un vídeo pregrabado, sus intenciones quedaron más evidentes: «Defender al pueblo estadounidense eliminando amenazas inminentes del régimen iraní» y derrocar a los ayatolás que llevan en el poder desde 1979.
En su mensaje, Trump instó a los iraníes a buscar refugio y a considerar que la caída de su gobierno era su única oportunidad en generaciones. Sin embargo, el ataque plantea preocupaciones respecto a su legalidad y las justificaciones ofrecidas. Trump previamente apoyó las protestas en Irán, pero luego cambió su tono, expresando esperanzas de que el régimen iraní se sentara a la mesa para negociar un acuerdo respecto a su programa nuclear.
El presidente mencionó varios incidentes históricos, incluyendo la toma de la embajada estadounidense en Teherán y ataques terroristas en Beirut y Yemen, para justificar su agresiva postura hacia Irán. Sin embargo, la situación actual ha suscitado paralelismos con la invasión de Irak en 2003, donde el uso de justificaciones engañosas llevó a un conflicto desastroso.
La decisión de Trump de iniciar un ataque contra Irán sin el respaldo del Congreso ni un consenso claro en la opinión pública ha reabierto viejas tensiones políticas y éticas en Estados Unidos.
