“Mis padres me dieron el móvil y, a partir de ahí, tiré sola. Empecé a subir fotos bastante infantiles: de espaldas, de paisajes, con amigas. No hacía lo que hacían las chicas populares, que subían fotos mostrando su ropa en el espejo. Comparaba los likes, claro”, explica Júlia Teruel, una estudiante de Publicidad de 20 años, originaria de Sabadell. “Lo peor fue la llegada de ThisCrush, una red social para recibir comentarios anónimos. Recibí mensajes como ‘eres fea’ o ‘estás plana’, lo que me afectó mucho a los 12 años”.
A este grupo de jóvenes se les conoce como la «generación sin límites», aquellos que crecieron en la era de las redes sociales, inicialmente vistas como herramientas que podrían fomentar la convivencia democrática. Desde las primaveras árabes de 2010 hasta la victoria electoral de Donald Trump en 2016, las redes sociales eran valoradas positivamente. Sin embargo, la percepción ha cambiado, especialmente ahora que el Gobierno español considera prohibir su uso a menores de 16 años. “Mis padres ignoraban todo esto; no tenían Instagram y no sabían de ThisCrush. Fue mi hermana, cuatro años mayor, quien me ayudó tras verme llorar en soledad. Me pidió que me alejara de eso, y lo hice”, dice Teruel.
Un Debate Abierto Sobre las Redes Sociales
El anuncio de la posible prohibición ha generado un debate en torno a las redes sociales y su uso por parte de menores. Muchos jóvenes reconocen que sus padres, al no saber cómo manejar estas tecnologías, hicieron lo que pudieron, pero les hubiera gustado tener unas pautas más claras. “Ahora veo a mi padre enganchado a Instagram y le digo: ‘parece que tengas mi edad’. Se habla de la dopamina en los jóvenes, pero ellos pasan horas en el móvil”, comenta Teruel.
La propuesta del Gobierno no convence completamente a los jóvenes. La pregunta sobre cómo restringir el acceso sin vulnerar la privacidad sigue siendo un punto de discusión entre expertos. Los jóvenes expresan el deseo de conversar sobre cómo están diseñadas las redes para captar su atención y cómo protegerse de comparaciones constantes. Hay diversas opiniones sobre el control parental. Para algunos, es una herramienta útil; para otros, una invasión de su privacidad.
“Poder hablar con un adulto sobre lo que sucede en las redes me ha ayudado a desarrollar mi relación con el móvil”, menciona Carla Planas, de 20 años, oriunda de Matadepera. “Recibí mi primer móvil a los 12 con control parental, y no empecé a usar Instagram hasta después. En ese momento, no le veía utilidad, pero finalmente cedí a la presión del grupo”.
Planas también destaca que las redes sociales aumentaron sus dificultades durante un periodo complicado de su adolescencia. “Después de sufrir bullying en el instituto, comencé a controlar mi alimentación, lo que derivó en un trastorno de la conducta alimentaria. Sin embargo, la comunicación familiar fue clave para superar esta situación. Mi madre detectó el problema y juntas revisamos a quién seguía en redes para evitar cuentas perjudiciales”, explicando que incluso trabajaron juntas en su alimentación y actividad física.
La Autonomía en el Uso de la Tecnología
Alberto Martínez, de 22 años, graduado en Ciberseguridad, argumenta que el acceso sin restricciones fue lo mejor que le pudieron dar. “Mis padres me dieron mi primer móvil a los 12 sin vigilancia, y me parece lo ideal. El Gobierno no debe hacerse responsable de los menores de 16 años. Creo que cada uno debe aprender sus límites”, expone Martínez.
En su experiencia, ha aprendido que no sirve de nada la ansiedad por responder mensajes instantáneamente. “He desactivado notificaciones de redes sociales y prefiero consultarlas cuando he terminado lo que estoy haciendo. También enseño a mis padres a usar tecnologías seguras como Brave, un buscador sin publicidad”, añade.
Normas Claras y Límites
“En mi casa teníamos solo dos normas: el móvil no entra en la habitación a la hora de dormir y no se usa en la mesa durante las comidas”, cuenta Laia Solà, de 22 años, de Torelló. Aunque sus padres cumplían las mismas reglas, Laia desea que sus padres hubieran sido más firmes en su supervisión. Ella reconoce que, aunque esto se interpretó como confianza, puede que no haya sentido el acompañamiento necesario.
“Desearía entender mejor cómo funcionan las redes sociales y qué hay detrás de las pantallas. No se hablaba de ello en casa”, explica Solà. Reconoce que su uso temprano del móvil la llevó a compararse constantemente con demás, lo que impactó su autoestima. “Vi cómo las interacciones en redes cambiaron mis dinámicas familiares. Perdí momentos de calidad con mis padres, distrayéndome con el móvil”.
Contenido Confuso y Conversaciones Necesarias
Algunas conversaciones difíciles sobre contenidos en redes sociales son inevitables. Pol Puig, de 22 años, estudiante de Seguridad, obtuvo su primer móvil a los 11 para que sus padres pudieran localizarle durante sus actividades. Al principio, su acceso a redes estaba limitado a WhatsApp y YouTube. “Recuerdo conversaciones relevantes con mis padres sobre pornografía online y sobre desinformación tras los atentados de Barcelona en 2017”, señala Puig.
“La pornografía es un tema complicado para los chicos, pero no creo que deba prohibirse. Es necesario un cierto nivel de control parental, similar al que se aplica a las apuestas online”, concluye Martínez.
Existen diferentes posturas sobre cómo los padres deben actuar ante el uso de redes por sus hijos. Algunos argumentan a favor de establecer más límites; otros defienden la libertad para aprender por sí mismos. Pero, una idea común entre los jóvenes es el deseo de haber tenido más conversaciones sobre lo que sucede en el mundo digital, lo que hubiera facilitado su relación con la tecnología.
