Las amenazas de Donald Trump han tenido un impacto significativo en el contexto geopolítico, especialmente en la reciente escalada de tensiones entre Estados Unidos e Irán. Una de las afirmaciones más contundentes de Trump fue su promesa de destruir a Irán si no reabría el estrecho de Ormuz antes de una fecha límite, planteando así un panorama alarmante sobre la posibilidad de un conflicto armado. Sus palabras fueron claras: “Toda una civilización morirá esta noche para nunca más volver”, lo que refleja su enfoque radical en la política exterior.
La estrategia de Trump, caracterizada por una combinación de extorsión y fuerza bruta, pone de manifiesto que, a pesar de siglos de desarrollo en el orden internacional, la ley del más fuerte sigue dominando. Con una retórica provocativa, Trump se posiciona en la cúspide de un sistema donde la diplomacia parece haber perdido relevancia ante la demostración de poder militar.
Es necesario destacar que Estados Unidos no es vecino de Irán ni ha sido atacado directamente por este país. Sin embargo, la alianza de Irán con potencias como Rusia y China, sumada a su oposición a Israel, lo convierte en un rival estratégico para Washington. En el actual escenario de competencias geopolíticas, Estados Unidos busca evitar que Irán obtenga poder nuclear y controle el estrecho de Ormuz, vital para el tránsito de petróleo.
A pesar de las tensiones, existe un contexto en el que una resolución pacífica podría haber sido posible. Tras las protestas en Irán, las conversaciones indirectas con Estados Unidos habían llevado a la posibilidad de que Teherán renunciara a su programa nuclear en una declaración hecha por el ministro de Exteriores de Omán. Sin embargo, la decisión de Trump de intensificar la presión militar, influenciado por líderes como Netanyahu, lanzó a la región a una nueva fase de conflicto.
Desde el ataque a Irak en 2003 hasta los fracasos en Afganistán, Estados Unidos ha tomado decisiones militares que no siempre han tenido en cuenta el respeto por las normativas internacionales. En esta ocasión, Trump actuó sin la aprobación del Congreso, lo que plantea interrogantes sobre la legitimidad de su accionar. La guerra de agresión, según el derecho internacional, es considerada un crimen supremo, y este vacío legal podría tener repercusiones serias.
La persistente intención de Washington por mantener y expandir su hegemonía en el Medio Oriente se refleja en su relación con Israel y las monarquías del Golfo Pérsico. Un Irán debilitado se ajusta a la estrategia de seguridad nacional de Trump, que busca contrarrestar la influencia de adversarios económicos y militares.
Durante casi seis semanas de bombardeos, el régimen iraní ha visto afectadas sus capacidades operativas, lo que ha incrementado la necesidad de apoyo popular para su liderazgo. El nuevo ayatolá, Mojtaba Jamenei, podría verse obligado a realizar concesiones importantes, incluso respecto a su programa nuclear, para asegurar su permanencia en el poder.
A pesar de los intentos del gobierno estadounidense de proclamar una victoria temprana en esta nueva fase de conflicto, las maniobras y la retórica agresiva de Trump pueden resultar contraproducentes. La inseguridad que rodea su posición y el eventual riesgo de un impeachment, en el caso de perder la mayoría en la cámara baja, añaden más incertidumbre a su administración. Así, Trump podría verse forzado a enfrentar las consecuencias de sus decisiones en la esfera internacional.
