En el centro de Ciudad de México, un niño juega en un patio compartido, donde los gatos disfrutan del sol y el sonido de una televisión de tubo llena el aire. Este entorno, que incluye a una Virgen de Guadalupe y un nacimiento navideño, es el hogar de Doña Lupita, una mujer de 75 años que ha luchado por preservar la esencia de su vecindad desde hace una década. Su historia se entrelaza con la de otros residentes que aún quedan en el casco antiguo de la capital.
Doña Lupita llegó a Ciudad de México cuando era niña, proveniente de una zona rural de Puebla. Al llegar, se sintió cautivada por el bullicio de la ciudad, los cines y, sobre todo, por su vecindad, construida en 1885 con piedra volcánica. Durante 50 años, vivió allí, entre su negocio de ropa para bebés y su hogar. Sin embargo, su tranquilidad se vio amenazada por lo que ella llama “la mancha”: el desalojo de inquilinos.
La “mancha” representa un fenómeno que se extiende por toda la ciudad, pero que golpea con más fuerza a las vecindades del centro, donde los antiguos habitantes están siendo desplazados. Espacios que una vez albergaban la vida diaria se han transformado en bodegas, plazas comerciales y ofertas turísticas en Airbnb. “Acabar con estas vecindades es acabar con nuestra identidad”, afirma Doña Lupita con desagrado, enfatizando la importancia cultural de estos espacios.
El Desplazamiento en el Centro Histórico
Las vecindades han sido cruciales en la historia del país y de la capital. Desde hace siglos, estas viviendas adosadas han acogido a familias de clase trabajadora y han cobrado relevancia durante el baby boom de las décadas de 1950 y 1960, cuando la migración rural a la ciudad se intensificó. Sin embargo, la intervención y transformación del casco antiguo en un área económica y turística ha acelerado el desalojo de sus habitantes.
Según Víctor Delgadillo, experto en urbanismo, el concepto de desplazamiento está profundamente vinculado al crecimiento comercial. En 1950, el centro histórico contaba con 400,000 habitantes, y hoy esa cifra ha disminuido a 155,000. Este fenómeno se ha hecho más evidente en las vecindades, donde, de 2016 a 2022, las viviendas registradas como “en vecindad” se redujeron de 242,845 a 152,576, lo que representa una caída del 37%.
Angélica Juárez, de 65 años, compartió su experiencia en una vecindad restaurada recientemente gracias a la participación comunitaria. Proveniente de Toluca, con su mandil rosa, cuenta cómo varias empresas han intentado comprar su hogar, pero ella se mantiene firme: “Aquí todos nos conocemos, nos saludamos… No quiero vivir encerrada”, dice. Para Angélica, el apoyo que brinda Doña Lupita a la comunidad vale más que cualquier oferta monetaria que se les presente.
Desafíos Históricos y Burocráticos
El urbanista Delgadillo señala que la situación se ha visto agravada por errores de políticas gubernamentales que han dejado en el abandono tanto el patrimonio arquitectónico como la cultura de estos vecindarios. Rosalba Loyde, docente en la UNAM, añade que mantener los espacios patrimoniales es costoso y que las políticas actuales favorecen usos del suelo más rentables, en detrimento de la vivienda.
Ana María Robles, de 67 años, observa desde un antiguo inmueble y reflexiona sobre el valor de vivir en un lugar que personifica la historia viva de la ciudad. “La Ciudad de México es un museo, pero nosotros estamos dentro de esa historia”, concluye, resaltando la vitalidad y la conexión cultural que los vecindantes aún mantienen.
