Estados Unidos: El Futuro Incierto al Final del Camino

Estados Unidos: El Futuro Incierto al Final del Camino

Un año de la presidencia de Donald Trump ha marcado un cambio significativo en la dinámica de la política internacional. Frases como “Quiero Groenlandia porque lo siento” y “atacamos a Venezuela por el petróleo” destacan su estilo directo, que se aleja de la simulación tradicional que caracterizaba a muchos líderes. Históricamente, el poder político se ha sustentado en la presentación de una imagen y valores que se espera sean cumplidos. Sin embargo, Trump ha roto con esa norma, mostrando una “autenticidad” que resuena con su base de apoyo, un público que prefiere la franqueza a la hipocresía. Esta transformación plantea una cuestión central: ¿qué ha cambiado realmente en la política estadounidense y en el mundo?

Sin la hipocresía tradicional, el concepto de Occidente ha pasado a ser más identitario. Durante años, Occidente se definió por su adhesión a valores universales como la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho. Cualquiera podía ser considerado occidental siempre que compartiera esos principios. Países como Japón y Ucrania aspiraron a serlo. La universalidad de estos valores era su principal atractivo, pero la hipocresía de Estados Unidos al no cumplir con esos principios (ejemplos históricos como Chile, Irak y Guantánamo) ayudaba a mantener la ilusión de un marco moral común. Sin este fingimiento, la noción de pertenencia se transforma, y términos como linaje y herencia se vuelven predominantes.

El auge del pensamiento identitario plantea preguntas sobre el futuro de Occidente. Mientras que en el pasado, la modernización significaba occidentalización, hoy se percibe un cambio: Occidente ya no representa un destino inevitable o un modelo a seguir. Ahora, compite en un escenario global donde la fuerza no garantiza la superioridad, y otros actores, como China, presentan alternativas sin las promesas incumplidas de Occidente. Esta realidad ha llevado a la reflexión sobre la afirmación de Ivan Krastev: “América prevaleció en la Guerra Fría porque insistía en ser no solo poderosa, sino diferente.” Sin el engaño de las normas morales, Estados Unidos pierde su singularidad y se asemeja a lo que acusaba a China de ser: un poder transaccional.

La estrategia de Trump también revela una envidia hacia modelos como el chino, adoptando elementos de su capitalismo de Estado, intervención industrial y políticas arancelarias. Como resultado, el mundo parece inclinarse hacia China, mientras que Europa se encuentra en una encrucijada, sin clara dirección sobre su papel en este nuevo orden global, esperando que Estados Unidos retorne a un enfoque más tradicional. Sin embargo, la cuestión de Groenlandia representa una conclusión simbólica de esta era de simulación política. Ante una potencia que se presenta sin pretextos, la propuesta de la politóloga Nathalie Tocci de pedir a Estados Unidos que se retire podría parecer radical, pero plantea una reflexión necesaria: la autonomía estratégica y mental se torna indispensable en un mundo donde la dependencia de un aliado amenazante puede resultar contraproducente.

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