Cuando la icónica soprano wagneriana Kirsten Flagstad, a sus 42 años, fue interrogada sobre cómo lograba mantener la frescura de su voz al final de Tristán e Isolda, reveló su secreto: “Es fácil. Tengo una mesa entre bastidores llena de platos de rosbif frío loncheado para poder comer siempre que no estoy en el escenario”.
En el caso de su compatriota Lise Davidsen, de 38 años, su secreto permanece desconocido. Sin embargo, su interpretación de la famosa «muerte de amor» de Isolda, que cerró el estreno de la nueva producción de la ópera de Richard Wagner en el Gran Teatre del Liceu el 12 de enero, dejó una huella imborrable. Su voz monumental sonó fresca, brillante y poderosa, evocando una sensación que muchos creían perdida en el teatro barcelonés, que ya había sido testigo de la actuación de Flagstad como Isolda en 1950.
Esta función también marcó el regreso de Davidsen a los escenarios tras su retiro en marzo de 2025, cuando se convirtió en madre de gemelos. La soprano ha señalado que siente que su voz se mantiene intacta, aunque su interpretación de Isolda está en proceso de evolución.
Davidsen ya había dejado una excelente impresión en noviembre de 2024, durante una actuación en Múnich del segundo acto en versión de concierto con la Sinfónica de la Radio de Baviera y Simon Rattle. Su actuación en el Liceu, en una nueva producción de Bárbara Lluch, la posiciona como una referencia contemporánea para el personaje de Isolda. Este recorrido continuará en marzo, cuando debute en otra producción en la Metropolitan Opera de Nueva York, firmada por Yuval Sharon.
Desde el inicio del primer acto, Davidsen impactó con su potente y brillante interpretación. Su narración sobre los agravios de Tristán fue notable, mostrando una capacidad excepcional para articular y dar color al discurso con calidez y lirismo. Su dominio de los extremos del personaje, así como la integración de los célebres do sobreagudos en su encarnación de una Isolda enamorada, destacaron a lo largo de la función. Aunque aún tiene un camino por recorrer en la exploración de la compleja evolución emocional de Isolda, su escena final resultó ejemplar en poderío y expresividad.
Lise Davidsen fue sin duda la gran triunfadora de la velada, demostrando un compañerismo notable al salir a saludar junto al tenor Clay Hilley tras el telón. Hilley, aunque competente y comprometido en su actuación como Tristán, no alcanzó la misma nivel de brillantez que su colega. A pesar de cantar con seguridad en los primeros actos y afrontar con entereza el tercero, su timbre resultó metálico y le faltó una verdadera dimensión dramática.
El bajo-barítono polaco Tomasz Konieczny, como Kurwenal, mostró una sólida presencia escénica, aunque su voz fue más potente en el tercer acto que en el primero. La mezzosoprano rusa Ekaterina Gubanova, quien ha demostrado ser una garantía como Brangäne, brindó una interpretación cautivadora, destacándose en momentos clave de la actuación. Por su parte, el bajo inglés Brindley Sherratt se evidenció vulnerable, aunque su interpretación del rey Marke no alcanzó la solidez de actuaciones previas.
En cuanto a los secundarios, el tenor Roger Padullés se destacó como Melot y el bajo-barítono Milan Perišić hizo un buen trabajo como timonel. Sin embargo, el inicio de la ópera se vio empañado por desajustes orquestales que dificultaron la experiencia, aunque estos problemas disminuyeron en los actos posteriores, donde se escucharon brillos instrumentales destacados.
La dirección musical de Susanna Mälkki, que previamente había cosechado éxitos, no cumplió con las expectativas en esta ocasión. Su lectura de la obra de Wagner resultó precipitada, particularmente en el preludio inicial, y el primer acto fue problemático en términos de cohesión. A pesar de algunas mejorías en el segundo acto, la profundidad emocional brilló por su ausencia en el tercero, resultando en una experiencia menos dramática de lo esperado.
El público del Gran Teatre del Liceu mostró aprecio por la dirección de Mälkki, pero fue crítico con la propuesta escénica de Bárbara Lluch. Su dirección presentó avances en comparación con producciones previas, aunque el primer acto se vio afectado por decisiones visuales difíciles de comprender. A medida que avanzaba la obra, la dirección de actores mejoró, pero algunos elementos se sintieron recargados y confusos.
El vestuario de Clara Peluffo favoreció más a Isolda que a Tristán, quien lució algunas elecciones discutibles en su atuendo.
Tristan e Isolda
Música de Richard Wagner. Libreto de Richard Wagner.
Intérpretes: Clay Hilley, tenor (Tristan); Brindley Sherratt, bajo (Rey Marke); Lise Davidsen, soprano (Isolde); Tomasz Konieczny, bajo-barítono (Kurwenal); Roger Padullés, tenor (Melot); Ekaterina Gubanova, mezzosoprano (Brangäne); Albert Casals, tenor (Un pastor / Un marinero); Milan Perišić, bajo-barítono (Un timonel).
Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Director del coro: Pablo Assante.
Dirección musical: Susanna Mälkki.
Dirección de escena: Bárbara Lluch.
Gran Teatre del Liceu, 12 de enero. Hasta el 31 de enero.
