Es mediodía en la costa venezolana, donde la brisa fresca se asemeja más al atardecer que al día pleno. Las olas, impredecibles, provocan momentos de tensión en la lancha, mientras Will, al mando de su peñero, afirma: “Hay que sentir el mar para poder atravesarlo”. Esta lancha ha sido fundamental para llevar donaciones a comunidades costeras como Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe, ubicadas a dos horas de La Guaira, la ciudad más afectada por los terremotos del 24 de junio, que dejaron a estas localidades parcialmente incomunicadas de Catia del Mar, su principal fuente de suministros.
Impacto del Terremoto en la Costa Venezolana
El término brisón describe la extraña brisa que comenzó a soplar el día del sismo, justo en medio de las festividades de San Juan. Esta brisa, poco conocida para los lugareños, coincidió con un fenómeno aterrador: el mar retrocedió varios metros durante el terremoto, dejando embarcaciones varadas en la arena. “Me da miedo que mi hijo se bañe y que el mar lo arrastre si se vuelve a recibir,” expresa Brígida, una residente de Puerto Maya, visiblemente conmovida.
Tras los temblores, se activó una alerta de tsunami, lo que obligó a los habitantes a abandonar las áreas costeras. Durante varios días, muchos se refugiaron en plazas y patios, buscando seguridad juntos. “No sabemos qué significa esto. Nunca habíamos experimentado algo así,” reflexiona Enrique Liendo desde su hamaca en Cepe.
Desastre y Resiliencia Tras las Réplicas
Dieciocho días después del primer evento sísmico, una réplica con epicentro en el mar intensificó la preocupación en la región. Laurimar Salazar, desde su silla de ruedas en Puerto Cruz, dirige las reparaciones de su restaurante que colapsó y señala que la situación ha cambiado radicalmente. “Aquí todo el que viene yo lo atiendo, aunque tenga que ir a Caracas a buscar mercancía,” añade con un suspiro.
En contraste con la devastación en La Guaira, no hubo pérdidas humanas en Chichiriviche, Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe, aunque sus residentes enfrentan dificultades para abastecerse, pues Catia La Mar, su principal suministrador, se volvió inaccesible. “Recibir un kilo de arroz fue una bendición, pero ahora tengo que ir a Carayaca, que queda a una hora en carretera,” explica Rosa María Liendo en Chichiriviche.
Testimonios de la Destrucción
Marbelis Meléndez, quien observó la llegada de personas ajenas al pueblo en busca de cooperación, destaca la falta de ayuda. Junto a su prima Brígida, describe cómo varias casas colapsaron, incluyendo la de su mamá, quien ahora lucha por rescatar cada bloque de escombro. “Tuve que sacar a mi mamá viva de los escombros,” informa Brígida, quien se ha convertido en un símbolo de tenacidad.
Karina Blanco, cuya casa estuvo al borde del colapso, comenta: “Desde que llegamos hace 21 años, nuestra vivienda siempre ha estado en riesgo por estar junto a la quebrada.” Cada alarma sobre el aumento del río generaba un continuo esfuerzo de supervivencia. “Sé que en La Guaira fue peor, pero aquí también necesitamos ayuda,” añade.
Condiciones de Vida y Comunicación
En la costa, el servicio telefónico es escaso. Una antena de Starlink instalada en un negocio local intenta paliar el desabastecimiento de comunicación tras la caída de la única antena operativa. “Cuando se va la luz, nos quedamos completamente desconectados,” asevera un residente. El racionamiento eléctrico no oficial agrava la situación, lo que lleva a la comunidad a buscar soluciones colectivas y solidarias.
El abastecimiento de combustible para las lanchas, vital para la conexión entre pueblos, se ve restringido, complicando aún más la situación. Estos botes, que permiten el transporte de personas y mercancías, deben navegar largas distancias para recargar combustible y organizan los bidones del pueblo para optimizar los recursos.
Cambios en la Pesca y Expectativas Turísticas
Además de las dificultades para conseguir alimentos, la pesca ha sido impactada. Estudios de NASA han revelado alteraciones significativas en la geografía marina como resultado de los sismos. Pescadores locales notan cambios en el lecho marino, afectando su capacidad para capturar peces. “Hemos estado sacando poco en los últimos días,” indica Enrique Liendo.
A pesar de las adversidades, los habitantes mantienen esperanzas de atraer turismo. “Creemos que más visitantes llegarán, especialmente ahora que La Guaira se quedó sin playa,” comenta Will. Recientemente, algunos turistas de Barquisimeto han comenzado a explorar la región, lo que genera nuevas oportunidades para negocios locales como La Morocha y la posada de Micaela De Fisher, que abren sus puertas todos los días en búsqueda de clientes.
